Hay momentos en los que ya no alcanza con hablar de ambigüedades, excesos retóricos o torpezas discursivas. Hay momentos en los que el silencio deja de ser prudencia y pasa a ser complicidad. El caso de Vanina Biasi es uno de ellos.
La dirigente del trotskismo argentino no incurre en un error aislado ni en una formulación desafortunada. Su discurso es coherente, persistente y perfectamente reconocible dentro de una matriz ideológica que ha decidido reciclar el antisemitismo clásico bajo el disfraz moderno del “antisionismo”. Una coartada vieja, pero eficaz, para decir hoy lo que ayer ya se decía sin pudor.
Cuando se demoniza sistemáticamente al único Estado judío del mundo, cuando se lo presenta como encarnación absoluta del mal, cuando se banaliza el terrorismo que lo golpea o se lo justifica como “resistencia”, no estamos frente a una crítica legítima a un gobierno puntual. Estamos frente a una construcción ideológica que necesita deshumanizar a un pueblo entero para sostener su relato.
Vanina Biasi no critica políticas: construye enemigos. Y en esa construcción, el judío vuelve a ocupar el lugar histórico de chivo expiatorio global. No importa cuántas veces se intente maquillar el mensaje con consignas progresistas: el resultado es el mismo. Estigmatización, demonización y negación del derecho a existir.
El antisemitismo contemporáneo no suele presentarse con esvásticas ni consignas explícitas. Se presenta con lenguaje universitario, con consignas de derechos humanos selectivos y con una obsesión patológica por Israel que no se replica frente a ningún otro conflicto del planeta. Esa obsesión no es casual: es ideológica.
Resulta particularmente grave que este tipo de discursos provengan de alguien que ocupa un lugar institucional. Más aún cuando Vanina Biasi se encuentra procesada por publicaciones antisemitas, un dato que no puede ser soslayado y que confirma que no se trata de interpretaciones malintencionadas, sino de una conducta reiterada y judicialmente observada. Porque cuando el prejuicio se expresa desde una banca, deja de ser opinión marginal y se transforma en mensaje político. Y los mensajes políticos construyen climas, habilitan violencias y legitiman odios.
No es casual que mientras figuras como Biasi repiten consignas que trivializan el terrorismo y demonizan a Israel, el antisemitismo crezca en universidades, calles y redes sociales. Las palabras importan. Las ideas también. Y cuando esas ideas son reciclajes de odios históricos, el resultado siempre es el mismo. Los legisladores que juran con consignas antisemitas y aquellos que, desde el Congreso de la Nación, piden la desaparición del Estado de Israel no son simples provocadores: son cómplices del terrorismo.Porque legitimar la narrativa de quienes buscan borrar a Israel del mapa es legitimar también la violencia que ese objetivo implica.
La Argentina tiene una historia demasiado dolorosa con el antisemitismo como para tolerar su banalización. No se trata de censurar opiniones, sino de llamar a las cosas por su nombre. Y cuando un discurso niega el derecho del pueblo judío a su autodeterminación, justifica su violencia o lo convierte en villano universal, el nombre es claro: antisemitismo.
El problema no es Israel. El problema es una ideología que necesita odiar para existir. Y Vanina Biasi ha elegido, sin matices, de qué lado de la historia pararse.
Porque no hay neutralidad posible frente al antisemitismo. No hay matices cuando se legitima el terrorismo desde una banca, ni excusas cuando se pide la desaparición de un Estado y, con él, de su pueblo. El antisemitismo no es una opinión: es una amenaza. Y cuando se expresa desde el Congreso, deja de ser discurso para convertirse en responsabilidad política. La historia ya mostró cómo termina mirar para otro lado. Esta vez, no hay derecho a fingir sorpresa.

