En el mundo existe hoy un fenómeno particularmente perverso: el antisemitismo que se disfraza de disidencia interna. No grita “muerte a los judíos” desde afuera; susurra “como judío, digo…” o “no en mi nombre…” desde adentro. Su nombre local, en Argentina, es Judíes por Palestina.
No se trata de una organización judía plural ni representativa. Es un dispositivopolítico de la izquierda antisemita argentina, que utiliza a judíos renegados de su propia identidad colectiva como escudo moral para legitimar un discurso que, de otro modo, sería reconocido sin dificultad como judeofobo.
La lógica es simple y eficaz: si un judío acusa a Israel de genocida, apartheid o nazi, entonces la izquierda puede repetirlo sin costo. El judío funciona como certificado de pureza ideológica. Como sello kosher del odio.
Judíes por Palestina no busca debatir políticas públicas del Estado de Israel, algo legítimo y necesario en cualquier democracia. Su objetivo es otro: romper el vínculo entre el pueblo judío y su derecho a la autodeterminación, deslegitimar la existencia misma de Israel y sembrar la idea de que la comunidad judía está moralmente dividida, que “los buenos judíos” están de un lado y los “malos” del otro.
Eso no es crítica política. Es ingeniería del conflicto identitario.
Pero hay un dato que rara vez se dice y que explica mucho: los integrantes de Judíes por Palestina son, en su enorme mayoría, marginales dentro de sus propios espacios políticos. No son dirigentes centrales, no conducen, no pesan electoralmente. Son figuras periféricas que encontraron en esta causa un atajo para ganar visibilidad, pertenencia y legitimidad dentro de una izquierda que premia el radicalismo discursivo y castiga cualquier matiz.
Para estos militantes, atacar a Israel y confrontar con la comunidad judía organizada funciona como moneda de ingreso simbólico: cuanto más extremo el discurso, más aplausos reciben de un progresismo que necesita enemigos permanentes. El judío, otra vez, como ofrenda ideológica.
La izquierda entiende algo que muchos ingenuos prefieren negar: el antisemitismo del siglo XXI ya no se expresa como en los años treinta. Hoy se presenta como “antisionismo radical”, como “solidaridad con Palestina”, como “derechos humanos selectivos”. Y cuando necesita blindarse frente a la acusación de odio, recurre a estas agrupaciones para decir: “No puede ser antisemitismo, mirá quién lo dice”.
Pero que un judío reproduzca un discurso antisemita no lo vuelve menos antisemita. Lo vuelve un idiota útil.
Históricamente, todas las corrientes de odio buscaron judíos que validaran su relato. Desde los “judíos antisemitas” en Europa hasta los colaboracionistas ideológicos del totalitarismo, siempre hubo quienes creyeron que renegar de su pueblo los salvaría del desprecio. Nunca funcionó.
Judíes por Palestina cumple hoy esa función: intentar fragmentar a la comunidad judía ante la opinión pública, exponerla al señalamiento público, y servir de coartada a sectores que marchan junto a consignas abiertamente genocidas, que justifican el terrorismo islámico y que relativizan masacres cuando las víctimas son judías.
No es casualidad que compartan espacio con organizaciones que celebran a Hamas, que minimizan el 7 de octubre o que consideran “resistencia” el secuestro de civiles. Tampoco es casual que jamás condenen con claridad el antisemitismo explícito cuando proviene de sus aliados ideológicos. El silencio también es una forma de complicidad.
Y tampoco es casual que varios de sus integrantes hayan intentado, sin éxito, proyectarse políticamente dentro de partidos de izquierda abiertamente antisemitas, presentándose como candidatos o buscando cargos partidarios. Fracasos individuales reciclados como superioridad moral colectiva.
En breve voy a ampliar con nombres, trayectorias y cargos a los que se postularon, para que quede claro que no estamos frente a una “voz judía alternativa”, sino ante militantes frustrados que encontraron en el odio legitimado una forma de hacerse un lugar.
La comunidad judía no es un bloque monolítico, pero tampoco es una plastilina moral al servicio de causas ajenas. El desacuerdo político no habilita la demolición identitaria.
Cuando el antisemitismo necesita judíos para existir sin culpa, el problema no es el judaísmo. El problema es la ideología que lo necesita como chivo expiatorio permanente.
Y eso, aunque se disfrace de progresismo, sigue siendo antisemitismo.

