La jura de un diputado no es un trámite más: es el ingreso formal a la vida institucional de la República. Es un pacto público, solemne, donde el representante elegido por el pueblo se compromete a respetar la Constitución y las leyes. Un momento que debería estar blindado de sectarismos, provocaciones y consignas facciosas.
La asunción de los nuevos diputados debería ser un ritual republicano. Un día donde las diferencias partidarias se suspenden bajo un acuerdo básico: respeto a la institucionalidad, respeto al otro, respeto al país. Sin embargo, lo que vimos en algunas bancas zurdas fue un espectáculo triste, performático, donde las juras se transformaron en una plataforma para introducir consignas veladas, y otras no tan veladas, que buscan demonizar a Israel y al pueblo judío.
No son errores. No son lapsus. Son códigos.
Códigos diseñados para guiñar el ojo a un ecosistema político que hace tiempo decidió que la causa “anti-Israel” es un pilar irrenunciable de su sostenibilidad económica. Y lo hacen desde un lugar de impunidad simbólica: total, ¿quién se va a animar a decir que ese discurso es antisemita sin que lo acusen de “censor”, “sionista” o “macartista”?
Pero sí, hay que decirlo. Porque cuando un diputado electo utiliza su juramento para introducir consignas que demonizan al Estado judío incitando a su desaparición y a un genocidio real, encastra perfectamente con el manual del antisemitismo moderno, no está haciendo política. Está cometiendo un delito.
Esa jura no honra a nadie. No honra al Congreso. No honra a la democracia. Mucho menos honra a la comunidad judía argentina, que carga con un historial de heridas abiertas, AMIA, Embajada de Israel, que todavía esperan justicia. ¿De verdad era necesario convertir un acto institucional en una puesta en escena de propaganda disfrazada de causa humanitaria?
Y acá aparece otro problema: la tibieza. Porque mientras desde hace años algunos diputados utilizan la jura para instalar consignas antisemitas, la representación de la comunidad judía argentina sigue respondiendo con comunicados de repudio que, aunque bienintencionados, ya no alcanzan. No basta con expresar “preocupación” cada vez que ocurre un atropello. No basta con sostener el protocolo diplomático del siglo pasado frente a un antisemitismo del siglo XXI.
La dirigencia comunitaria debe elevar el estándar: más presencia, más firmeza, más presión institucional, más articulación con legisladores aliados y, sobre todo, más pedagogía pública. El silencio elegante ya no protege: debilita.
La jura no es un espacio para declamar prejuicios. Es un contrato simbólico con la República. Y los contratos, cuando se manchan, dejan marcas.
Argentina necesita un Congreso que honre la República.
No uno que convierta su acto más sagrado en un escenario para el odio. Y que entienda, de una vez por todas, que el antisemitismo, en cualquiera de sus versiones, explícitas o encubiertas, no es disidencia política: es delito.


Una vergüenza!!!y da miedito
A repudiarlos entre todos los q no estamos de acuerdo, basta de callarnos…saben xq éstos siguen haciendo de las suyas xq los «buenos» no dicen nada!se entiende no?!♀️