COMO SE FABRICAN LOS VILLANOS: El manual global de la demonización progresista

En la política contemporánea la palabra rara vez describe; más a menudo condena. En ese ambiente hay una operación sistemática que atraviesa fronteras: la fabricación de villanos. No es un accidente retórico, ni un exceso de redes sociales. Es una técnica política y cultural, afinada, industrializada y exportada, cuyo objetivo no es tanto ganar un debate como anular al adversario: convertirlo en inexorablemente malo, ilegítimo y, por tanto, condenable.

El progresismo global, que históricamente supo ser baluarte de derechos y pluralismo, descubrió en ese automatismo moral dos ventajas irresistibles: cohesiona identidades y evita la autocrítica. Para sostener una identidad política que ya no ofrece respuestas, hace falta un enemigo fácil de señalar. El villano cumple la función de cemento emocional: une por el rechazo. Y así, por vía del odio funcional, se sustituye la disputa de proyectos por la liturgia de la culpa.

¿Cómo se fabrica un villano? El manual es sencillo y funciona igual en Buenos Aires que en Londres o Tel Aviv.

  1. Rotular antes de razonar. Se crea una etiqueta moral, “fascista”, “genocida”, “ultraderecha”, “colonialista”, que pretende resumir en una palabra la complejidad política del otro. La etiqueta no describe un acto, describe una identidad, y por eso tiene efectos performativos: quien la escucha deja de buscar pruebas para empezar a sentir condena.
  2. Descontextualizar hechos. Todo acto se amputan sus circunstancias incómodas: historia, amenazas, límites institucionales. Lo que queda es un fragmento dramático que alimenta la narrativa. La descontextualización transforma un gesto defensivo en un gesto criminal, una política de Estado en un pecado original.
  3. Amplificar lo emocional. La indignación se viraliza porque conmueve; la emoción sustituye al argumento. Memes, titulares y piezas audiovisuales diseñadas para provocar mantienen el termómetro alto y empujan a audiencias a elegir identidad antes que información.
  4. Proyectar las faltas propias. Es viejo recurso psicológico: atribuir al otro los defectos que uno no quiere ver en sí mismo. Cuando una fuerza política no logra resolver problemas estructurales, señala enemigos externos; cuando su moral pública flaquea, denuncia inmoralidad en los que discrepan.
  5. Institucionalizar la sospecha. Medios, universidades, ONGs y circuitos culturales terminan replicando la lógica. La sospecha se vuelve criterio: mucho basta para condenar. El resultado es una cultura política donde el rumor tiene más fuerza que la prueba.

Ese patrón se repite con variaciones geográficas. Localmente, la figura de un líder que rompe la narrativa dominante, sea por estilo, por propuestas o por provocación, se convierte en cartel de peligro. Internacionalmente, un país que enfrenta amenazas reales puede ser retraído al papel del opresor en función de la narrativa que mejor convenga a quien denuncia. Así, Israel, estado que es, simultáneamente, democracia y actor en un conflicto existencial, puede ser procesado como metáfora del mal absoluto por parte de movimientos que, curiosamente, mantienen silencio o complicidad frente a otros regímenes mucho menos tolerantes.

El problema no es solo de ética discursiva; es político y material. Cuando la demonización sustituye a la argumentación:

  • Se erosiona la deliberación pública. Debatir exige reconocer al oponente como interlocutor legítimo; demonizar lo niega.
  • Se polariza la sociedad. La identidad política se organiza en torno a la pertenencia emocional más que a proyectos concretos.
  • Se priva al elector de opciones reales. Si todo desacuerdo es mala fe, la política pierde su función mediadora entre intereses distintos.
  • Se hace más difícil enfrentar amenazas reales. Para combatir problemas complejos (terrorismo, crisis económicas, migraciones) hacen falta diagnósticos y soluciones, no slogans morales.

Hay además una paradoja moral inquietante: quienes invocan la defensa de la humanidad terminan reduciendo su significado. La defensa de los derechos no puede consistir en la exclusión preventiva del adversario. Defender la diversidad exige tolerar la diversidad de opiniones, no convertirla en pecado político. Cuando la única respuesta a la incomodidad es la estigmatización, la retórica de los derechos se vacía de su sustancia.

¿A quién satisface este manual? Al poder simbólico que necesita un chivo expiatorio para explicar fracasos; a los circuitos culturales que obtienen relevancia moral a partir del señalamiento; y a audiencias que buscan pertenencia rápida en tiempos de complejidad. Pero, a la larga, la factura la paga la democracia: empobrecida de matices, menos capaz de corregirse a sí misma, y más proclive a convertir conflictos legítimos en guerras culturales sin salida.

¿Qué podemos hacer? Primero, recuperar el lenguaje del análisis: distinguir acusación de argumento, corroboración de rumor, discrepancia de maldad. Segundo, obligar a las instituciones mediáticas y culturales a volver al rigor: fuentes, contextos, múltiples voces. Tercero, tolerar lo que no nos gusta sin aceptar la violencia simbólica como única respuesta. Y finalmente, exigir que la política vuelva a ser una herramienta para resolver problemas, no un teatro moral donde la épica se fabrica sobre el desprecio.

El progresismo global enfrenta hoy una encrucijada: seguir dependiendo de villanos reciclables para no perder cohesión, o reaprender la humildad crítica que alguna vez lo definió. Si opta por la primera ruta, terminará pareciéndose a aquello que dice combatir: un régimen de certeza y castigo moral. Si elige la segunda, devolverá a la política la posibilidad de ser, otra vez, una conversación compleja y sanamente conflictiva.

En la era de la indignación profesionalizada, fabricar villanos es fácil; reconstruir un espacio público plausible y plural es la tarea ardua. No habrá buen periodismo, ni buena política, ni buena democracia mientras creamos que el desacuerdo es sinónimo de condena. Porque si todo es fascismo, si todo lo que incomoda es maldad, entonces la palabra pierde su fuerza y la libertad, la que dicen defender, queda reducida a la liturgia de la propia tribu.

1 comentario en “COMO SE FABRICAN LOS VILLANOS: El manual global de la demonización progresista”

  1. Excelente columna Dani!!! Muy buen trabajo.
    El tema a analizar será, con todo el dinero que circula en los medios de comunicación, el futuro del periodismo, como formadores de opinión y reflejo de la realidad, que camino tomará? Sinceramente no veo un posible retorno de la ética periodística, al menos en el inmediato. Es más, creo que la grieta será cada vez más profunda, incentivada por el odio al otro. Los países occidentales están muy atrasados en ese juego, no hay cohesión entre ellos (todos nosotros) para hacer frente a éste declive ético.
    Si a todo esto sumamos el declive moral por el que transitamos, siempre empujados por el vil dinero, tenemos un buen combo.

    De todas formas, vivir este momento histórico, no es fácil! Período de grande decadencia del que muchos saldremos maltratados pero vivos y con la cabeza muy alta.

    Ojalá encontremos el elemento que nos salde en un grande frente.

    Saludos desde Roma.

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