Israel, Hezbolláh y la ficción del alto el fuego

Hay algo profundamente incómodo, y al mismo tiempo revelador, en cada intento de instalar la idea de un alto el fuego duradero entre Israel y Hezbolláh. No porque la paz sea indeseable, sino porque, en este caso, es estructuralmente inviable. Y entender por qué implica desarmar una narrativa que, por momentos, roza lo ingenuo o lo deliberadamente engañoso.

El primer error es conceptual: Hezbolláh no es el Líbano. No lo representa, no responde a su institucionalidad ni se subordina a su autoridad. Es una organización terrorista, ideologizada y financiada Irán, que opera dentro del territorio libanés pero con lógica propia. Pretender que un acuerdo con el Estado libanés resuelve el problema de Hezbolláh es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una excusa diplomática para sostener conversaciones sin impacto real.

Los propios comunicados de Hezbolláh no dejan lugar a ambigüedades: “no acataremos las negociaciones entre Israel y el Líbano”, “no renunciaremos a nuestras armas”. No son solo frases en el aire. Es la síntesis de su identidad política y militar. Un mensaje dirigido tanto hacia afuera como hacia adentro: no hay disposición al desarme, no hay transición posible hacia un esquema de monopolio estatal de la fuerza, no hay integración en una lógica de normalización.

El segundo problema es empírico: la violación sistemática de los altos el fuego. No se trata de episodios aislados ni de tensiones puntuales. Es un patrón. Cada pausa es utilizada como un recurso táctico, no como un compromiso estratégico. Reorganización, rearmamento, reposicionamiento. El alto el fuego, para Hezbolláh, no es un paso hacia la paz sino una herramienta dentro del conflicto.

En este contexto, hablar de desarme es directamente ilusorio. Hezbolláh no tiene ningún incentivo para desarmarse. Su razón de ser está atada a su capacidad militar. Renunciar a ella implicaría su propia disolución como actor relevante. Y ningún actor armado con poder territorial y respaldo externo significativo se desarma voluntariamente sin una transformación radical del entorno que hoy no existe.

Aquí aparece el tercer punto clave: la incapacidad del Estado libanés. El Líbano, fragmentado política, económica y socialmente, no tiene, ni parece estar en condiciones de construir, la capacidad coercitiva necesaria para desmantelar a la organización terrorista. No es solo una cuestión de voluntad, sino de poder real. El monopolio de la fuerza, principio básico de cualquier Estado, en este caso está quebrado.

Entonces, la conclusión es incómoda pero inevitable: si el desarme de Hezbolláh es condición necesaria para una paz sostenible, y el Líbano no puede llevarlo adelante, ese escenario queda fuera del alcance de cualquier negociación tradicional. En ese vacío, la única variable capaz de alterar el equilibrio es la acción directa de Israel.

Esto no implica una solución sencilla ni rápida. Todo lo contrario. Implica reconocer que el conflicto no está en una fase resolutiva, sino en una dinámica de contención inestable. Las negociaciones, en este marco, cumplen una función más declarativa que transformadora. Sirven para ganar tiempo, para ordenar discursos, para evitar escaladas inmediatas. Pero no modifican la estructura del problema.

La insistencia en presentar estos procesos como avances hacia la paz puede ser políticamente útil, pero estratégicamente es engañosa. Porque construye expectativas sobre bases que no existen. Y cuando esas expectativas inevitablemente fracasan, lo que queda no es solo frustración, sino una realidad más tensa que antes.

La paz, en este escenario, no está bloqueada por falta de voluntad discursiva. Está condicionada por una ecuación de poder que hoy no cierra. Y mientras esa ecuación no cambie, cualquier alto el fuego seguirá siendo lo que ya es: una pausa frágil dentro de un conflicto que, lejos de resolverse, sigue plenamente vigente.

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