Durante años, el kirchnerismo construyó un relato que pretendía presentarse como un proyecto de justicia social, inclusión y ampliación de derechos. Pero detrás de esa narrativa cuidadosamente elaborada, lo que quedó fue otra cosa: un sistema de poder que operó con lógicas más cercanas a una organización corporativa cerrada que a un gobierno comprometido con el bien común.
No se trata de una exageración retórica. Cuando uno observa el funcionamiento del kirchnerismo en el poder, aparecen patrones claros: concentración de decisiones, uso discrecional de recursos públicos, redes de lealtades construidas en base a beneficios económicos y una sistemática desarticulación de los mecanismos de control. La política dejó de ser una herramienta de transformación para convertirse en un instrumento de perpetuación.
El resultado está a la vista.
La Argentina que dejó el kirchnerismo no es la de la movilidad social ascendente, sino la de la dependencia estructural. No es la del trabajo digno, sino la de generaciones enteras atrapadas en esquemas de asistencialismo crónico. Se reemplazó la cultura del esfuerzo por la lógica del subsidio permanente, no como respuesta de emergencia, sino como mecanismo de control social.
Y eso no es casualidad: es diseño.
Porque una sociedad dependiente es, también, una sociedad más manipulable. Cuanto más fragmentado está el tejido social, cuanto más debilitadas están las instituciones y cuanto más precarizada está la economía, más fácil es sostener un esquema de poder basado en la lealtad condicionada.
A eso se suma un deterioro cultural profundo. El kirchnerismo no solo administró mal: también promovió una narrativa donde el mérito era sospechoso, el éxito era cuestionado y el pensamiento crítico, cuando no se alineaba, era directamente atacado. Se instaló una lógica binaria: amigo o enemigo. Y en ese esquema, todo vale.
Incluso la mentira.
La manipulación de la información, la construcción de enemigos ficticios, la victimización constante y la distorsión de la realidad formaron parte central de una estrategia que excede lo político y se adentra en lo psicológico. No se trataba solo de gobernar, sino de moldear percepciones.
Pero los relatos tienen un límite: la realidad.
Y la realidad es que Argentina quedó con niveles de pobreza estructural alarmantes, una inflación devastadora, instituciones debilitadas y una sociedad profundamente fracturada. Esa es la verdadera herencia. No la de los discursos encendidos, sino la de las consecuencias concretas.
Frente a esto, hay una tentación peligrosa: relativizar. Decir que “todos fueron iguales”, que “siempre fue así”. No. No todo es lo mismo.
El kirchnerismo no fue un accidente: fue un modelo. Y como tal, debe ser analizado, comprendido y, sobre todo, señalado con claridad.
Porque si no se nombra el problema, es imposible resolverlo.
La Argentina necesita algo más que alternancia política: necesita una reconstrucción moral, institucional y cultural. Y eso empieza por reconocer, sin eufemismos, que lo que se presentó como un proyecto de justicia terminó funcionando como un sistema que degradó las bases mismas de la sociedad.
La herencia no es solo económica. Es mucho más profunda.
Y todavía la estamos pagando.

