Latinoamérica empieza a mover su eje. Lo que durante décadas fue un reflejo automático, la adhesión populista casi ritual al discurso antiisraelí, comienza a resquebrajarse. Y los dos países que mejor encarnan ese cambio son Paraguay y Argentina.
No se trata de un alineamiento improvisado ni de un juego geopolítico de moda. Es la reacción madura de dos democracias que entienden que, en el mundo actual, la neutralidad frente al terrorismo dejó de ser una postura diplomática para convertirse en un acto de irresponsabilidad moral.
Cuando Santiago Peña trasladó la embajada paraguaya en Israel a Jerusalén, muchos interpretaron el gesto como un desafío. En realidad, fue una admisión de realidad. Israel no es solo un aliado estratégico: es una fuente de tecnología, innovación hídrica, seguridad y modernización. Paraguay decidió dejar de mirar el conflicto con los anteojos empañados de los ‘70 y apostar por lo que necesita para crecer, no por lo que las cátedras militantes dictan.
El caso argentino es aún más profundo. Con el anuncio de Milei de trasladar la embajada a Jerusalén en 2026, la Argentina salió del limbo diplomático en el que se había refugiado durante décadas. Dejó atrás la equidistancia impostada y volvió al terreno donde siempre debió estar: el de las democracias que no negocian con el terrorismo ni relativizan masacres.
El 7 de octubre no solo ordenó el tablero de Medio Oriente; ordenó el tablero moral del mundo. Y la Argentina de Milei decidió no esconderse detrás del “ni-ni”.
Tanto Paraguay como Argentina hicieron lo que correspondía trasladaron y/o anunciaron el traslado de sus embajadas a la capital del estado judío, Jerusalén.
Lo que antes era impensable, un acercamiento abierto, explícito y estratégico hacia Israel, hoy empieza a contagiarse. Los nuevos gobiernos comienzan a despegarse del desastre populista y sus vínculos con el estado terrorista de Irán, sumado al cambio de prioridades:
- Necesidad de socios tecnológicos,
- Necesidad de cooperación en seguridad,
- Necesidad de estabilidad democrática,
- Necesidad de dejar de hipotecar su política exterior a discursos ajenos a su realidad.
Israel aporta lo que la región demanda. El relato antiisraelí aporta lo que la región ya no puede permitirse: atraso, dogma y ceguera moral.
Paraguay y Argentina no son excepciones: son adelantados. Marcan el inicio de un realineamiento latinoamericano que reconoce que Israel no es un problema, sino un socio. No es un obstáculo, sino una oportunidad. No es un actor lejano, sino una pieza clave en el futuro occidental de la región.
El continente está girando. Lento, silencioso, pero firme.
Y esa inflexión, aunque muchos todavía no quieran admitirlo, llegó para quedarse.

