Boca no está atravesando una simple crisis deportiva. Está padeciendo algo más profundo: la colonización del club por una lógica populista que erosiona todo lo que toca.
Desde que Juan Román Riquelme concentra el poder en Boca Juniors, la institución dejó de funcionar como un club profesional para convertirse en una estructura sostenida por un liderazgo carismático. Y cuando el carisma reemplaza a la gestión, el deterioro es cuestión de tiempo.
El populismo no destruye de un día para el otro. Lo hace lentamente. Primero construye un relato épico. Luego divide el escenario entre “el verdadero pueblo” y los enemigos. Después convierte toda crítica en traición. Finalmente, vacía de contenido las instituciones mientras conserva la estética de la legitimidad.
En Boca, el proceso es visible.
Riquelme no gobierna desde un proyecto integral: gobierna desde el símbolo. Su capital político no es un plan deportivo de largo plazo, sino su pasado glorioso. Y el pasado, por más brillante que haya sido, no gana partidos en el presente ni organiza estructuras hacia el futuro.
La gestión se volvió opaca. Las decisiones estratégicas parecen concentradas en un círculo mínimo. Los entrenadores pasan sin que exista una línea futbolística clara. Los mercados de pases oscilan entre apuestas improvisadas, regresos sentimentales o simplemente fracasos de otros clubes que le son ofrecidos. La planificación se subordina al impacto inmediato.
Pero el relato permanece intacto.
Porque el populismo necesita tensión constante. Necesita enemigos: la prensa “anti”, los árbitros, los dirigentes anteriores, los críticos internos. Siempre hay un responsable externo. Lo que casi nunca aparece es la autocrítica profunda sobre la conducción.
La consecuencia es doblemente peligrosa. Por un lado, el equipo pierde competitividad. Por el otro, el club pierde cultura institucional. Se instala la idea de que cuestionar es desleal. De que exigir es “no entender lo que es Boca”. De que el sentimiento reemplaza a la estructura.
La mística no alcanza si no está acompañada de profesionalismo. La identidad no sirve si se convierte en excusa para justificar la mediocridad. Y la idolatría, cuando se transforma en sistema de gobierno, termina siendo un obstáculo.
El problema no es que Riquelme haya sido ídolo. El problema es que el club se volvió rehén del ídolo.
Toda institución que se construye alrededor de una sola figura corre el riesgo de desmoronarse cuando esa figura deja de ser infalible. Y ningún líder es infalible. La grandeza de Boca siempre estuvo en su estructura, en su historia colectiva, en su cultura competitiva. No en un nombre propio.
El populismo en azul y oro no destruye solo resultados. Destruye estándares. Destruye debate. Destruye profesionalismo.
Y cuando eso ocurre, lo que se pierde no es un campeonato.
Se pierde el rumbo.


Cuata verdad , y que tristeza me da este boca . Pero solo queda esperar las elecciones y ganarle . Igual el daño ya está hecho.