Durante años los vimos gritar “Free Palestine” con fervor militante, ocupando calles, universidades y redes sociales. Lo hicieron hablando de territorios donde no existe la opresión que describen, pero sí un conflicto complejo que reducen a consignas infantiles. Hoy, frente al drama real, brutal y documentado de Venezuela, muchos de esos mismos activistas lloran “Free Venezuela” con una mano… mientras con la otra apuntan contra Estados Unidos y relativizan, cuando no justifican, al régimen que convirtió al país en una cárcel a cielo abierto.
No es una contradicción. Es un método.
La izquierda contemporánea no se guía por los derechos humanos. Se guía por el enemigo. Cuando no hay opresión real que encaje en su relato, la inventa. Cuando hay una dictadura concreta, con presos políticos, torturas, asesinatos y exilio masivo, la justifica. Todo depende de quién sea el verdugo y quién sea el adversario ideológico.
Venezuela no es una abstracción. El régimen chavista persigue opositores, encarcela disidentes, tortura militares y civiles, asesina manifestantes y expulsa a millones de personas de su propio país. No lo dice Washington: lo dicen los informes internacionales, las ONG, los testimonios de las víctimas, las imágenes que lograron escapar a la censura. Sin embargo, frente a esa realidad, gran parte de la izquierda global eligió el silencio, la minimización o la coartada retórica del “sí, pero…”.
Ese “sí, pero” es el refugio moral del cómplice.
Quienes hoy protestan contra Estados Unidos por su intervención guardaron durante años un silencio estruendoso frente a los presos políticos venezolanos. No marcharon por los estudiantes asesinados. No levantaron carteles por los militares torturados. No hicieron trending topic los nombres de los opositores muertos en celdas del SEBIN. No defendieron a las víctimas: defendieron al verdugo.
Por eso resulta tan revelador verlos ahora rasgarse las vestiduras. No porque de repente les importen los venezolanos, sino porque apareció, otra vez, el actor que estructura toda su moral: Estados Unidos. Cuando interviene Washington, la brújula ética se resetea. El dictador pasa a ser “resistente”, la tiranía se convierte en “soberanía” y la opresión se transforma en “respuesta al imperialismo”.
Los que apoyamos lo hecho por Donald Trump, en cambio, somos coherentes. Denunciamos durante años las torturas, los presos políticos y los asesinatos del régimen de Maduro. No empezamos a hablar ayer. No cambiamos el discurso según la coyuntura. Por eso hoy celebramos una intervención que apunta directamente contra una dictadura criminal. No porque idealicemos a Estados Unidos, sino porque entendemos algo básico: hay momentos en los que no intervenir es ser cómplice.
La coherencia molesta porque desnuda la hipocresía ajena.
La izquierda construyó una estética de la rebeldía que funciona como coartada moral. Marchan, cantan, levantan banderas y creen que eso los exonera de pensar. Pero cuando la realidad no encaja en el relato, eligen el relato. Y cuando el relato exige justificar una dictadura, la justifican sin pudor. No es antiimperialismo: es antioccidentalismo patológico. No es defensa de los pueblos: es obediencia ideológica.
Por eso pueden gritar “Free Palestine” incluso donde no hay una opresión unidireccional, y al mismo tiempo relativizar una dictadura feroz en Venezuela. Por eso pueden hablar de derechos humanos mientras miran para otro lado ante la tortura. Por eso pueden llorar por causas simbólicas y callar frente al dolor real.
La pregunta ya no es si están equivocados. La pregunta es a quién sirven.
Porque quien justifica a un régimen que tortura no es un defensor de derechos humanos. Es su negación. Y quien protesta contra quienes enfrentan a una dictadura, después de años de silencio cómplice, no está del lado de las víctimas. Está del lado del poder que las aplasta.
La historia no los va a absolver. Y esta vez, tampoco el relato alcanza para esconderlo.


Más claro ni el agua de manantial como no pueden justificar su gran fracaso y corruption estos delincuentes populistas mundiales descalifican sin razón pero solo la verdad se sostiene sola אמת tan firme y man perfecta felicidades por tu trabajo.