Mientras los noticieros europeos siguen hablando de Gaza con tono de tragedia bíblica, en el corazón de África los cristianos son masacrados todos los días. No por “daños colaterales” ni por guerras entre ejércitos, sino por ser quienes son, por creer en lo que creen.
Miles de aldeas destruidas, iglesias incendiadas, cuerpos calcinados, mujeres y niños degollados. Todo documentado por las propias comunidades, por los pocos periodistas que todavía se atreven a entrar.
Y sin embargo, para buena parte de los medios occidentales, ese genocidio no existe.
RTVE, la televisión pública española, lo dejó claro hace poco: en un informe sobre Nigeria negó que exista persecución religiosa sistemática contra los cristianos. Dijo que “son conflictos por la tierra”, que “no hay pruebas de una motivación religiosa”. Una explicación que sería apenas ingenua si no fuera directamente cínica.
El progresismo mediático europeo necesita que las víctimas sean las correctas. El sufrimiento, para ellos, tiene ideología. Si las víctimas son judías o cristianas, el relato se complica, porque desmonta el esquema de opresores y oprimidos que sostiene su narrativa. Y así, prefieren negar antes que admitir que hay miles de muertos en nombre del islam radical en África.
Nigeria, Sudán, el Congo, Burkina Faso: la lista crece año tras año. Las comunidades cristianas viven bajo terror constante. Organizaciones como Open Doors o Aid to the Church in Need advierten desde hace años que se trata de uno de los peores genocidios del siglo XXI. Pero esa palabra, “genocidio”, se reserva para mentir sobre causas políticamente rentables. Para el resto, silencio.
No se trata solo de cobardía. Es complicidad. Los mismos medios que se presentan como guardianes de los derechos humanos se han convertido en guardianes del relato. Lo que no encaja con su visión del mundo, se borra. No hay víctimas, no hay victimarios, no hay historia.
Y así, mientras en Europa discuten los pronombres inclusivos y los subsidios verdes, miles de cristianos africanos mueren sin que nadie los nombre. Porque no hay cámaras, no hay hashtags, no hay periodistas indignados.
El genocidio cristiano más invisible de nuestro tiempo ocurre frente a un periodismo que eligió la comodidad de la omisión antes que el deber de la verdad.
Y cuando los medios niegan lo evidente, ya no son informadores: son cómplices.

