Comenzó, al fin, el juicio por la causa de los cuadernos de las coimas. Ese monumental expediente que dejó al descubierto la trama de corrupción más grande de la historia argentina, donde empresarios y funcionarios se pasaban bolsos con millones en efectivo, anotados con precisión quirúrgica por un chofer: Oscar Centeno.
Pero más allá de la magnitud del caso, hay un nombre que vuelve como un eco incómodo en estos días: Fabián Gutiérrez, el ex secretario de Cristina Kirchner, uno de los arrepentidos que sabía demasiado… y que nunca podrá declarar.
Su historia se entrelaza con la causa de los cuadernos como una sombra persistente. Gutiérrez había reconocido haber manejado dinero ilícito, había detallado movimientos, y su testimonio podía comprometer aún más a la ex presidenta. Poco después, apareció asesinado en El Calafate, envuelto en una escena tan brutal como simbólica.
Una muerte “sin connotación política”, según el kirchnerismo. Un mensaje mafioso, según muchos otros.
Hoy, mientras los acusados desfilan frente al tribunal, su ausencia pesa. No solo por lo que podría haber dicho, sino porque su silencio, forzado y definitivo, resume la esencia del kirchnerismo: el poder como impunidad, el dinero como fin, y la lealtad como moneda de cambio.
El juicio oral por los cuadernos es, en los hechos, un espejo del país. En el banquillo están los protagonistas de una década donde la corrupción se naturalizó al punto de confundirse con la gestión. Funcionarios que se presentaban como “nacionales y populares”, pero que se enriquecían como oligarcas del siglo XXI. Empresarios que preferían pagar coimas antes que quedar fuera del negocio.
Y una líder que se presentaba como víctima de “lawfare”, mientras su entorno acumulaba fortunas imposibles de justificar.
El proceso que hoy comienza no solo pondrá a prueba la justicia. Pondrá a prueba también nuestra memoria.
Porque si los cuadernos son, como se ha dicho, la bitácora de la corrupción K, el asesinato de Gutiérrez es la nota al pie que ningún periodista quiso escribir: en la Argentina del poder kirchnerista, hablar podía costar la vida.
La verdad judicial podrá demorar. Pero el veredicto moral hace tiempo fue dictado.

