La ridícula reaparición de Alberto Fernández

Hay silencios que dignifican. Pero Alberto Fernández eligió el ruido. Después de haber dejado el país en ruinas, económica, moral e institucionalmente, decidió reaparecer con tono de víctima, como si su presidencia hubiese sido un malentendido colectivo. Habla con soberbia, da lecciones, se presenta como un intelectual del fracaso, mientras la Argentina todavía paga las consecuencias de su paso por el poder.

Fernández fue el presidente que nunca mandó, el jefe que obedecía, el moderado que terminó siendo rehén del extremismo kirchnerista. Gobernó sin convicción, sin autoridad y sin palabra. Su gestión fue un caos de improvisaciones, internas palaciegas y corrupción desvergonzada. Prometió “volver mejores” y dejó al país más endeudado, más pobre, más dividido y más descreído que nunca.

Durante su gobierno, la inflación voló por los aires, la pobreza alcanzó niveles de escándalo y la confianza en el Estado se evaporó. Manejó la pandemia con autoritarismo y doble moral: mientras millones de argentinos estaban encerrados, él organizaba el famoso cumpleaños en Olivos. Y mientras el país lloraba a sus muertos, su entorno montaba el Vacunatorio VIP, un privilegio inmoral que benefició a funcionarios, amigos y militantes.

A eso se sumó el escándalo de los seguros del Estado, un mecanismo que terminó exponiendo la trama de corrupción que seguía viva bajo su firma. Un negocio turbio en el que intermediarios cercanos se enriquecieron gracias a decisiones administrativas del propio presidente. Y mientras él ensayaba discursos sobre ética y transparencia, el dinero de los argentinos seguía circulando por los bolsillos de los mismos de siempre.

Ni siquiera su vida privada escapó al descontrol. Las denuncias por violencia contra Fabiola Yáñez, que él intenta minimizar, revelan el perfil autoritario y soberbio de un hombre que perdió el equilibrio hace tiempo. No se trata solo de rumores: hay episodios documentados que muestran un comportamiento violento, y un silencio cómplice de su entorno. El mismo silencio que siempre lo protegió, el mismo que hoy pretende reinstalar con su reaparición pública.

Su política exterior fue un bochorno permanente. Se peleó con aliados naturales, defendió dictaduras como la de Maduro y mantuvo una diplomacia errática, subordinada a los intereses ideológicos de Cristina Kirchner. En el exterior, dejó una imagen patética: la de un presidente que decía una cosa en Madrid, otra en Buenos Aires y la contraria en México.

Y mientras el país ardía, Fernández se dedicó a la autocomplacencia. Se rodeó de aduladores, se creyó un estadista y terminó hundido en el descrédito. Ni la historia ni la sociedad lo absuelven: fue un presidente sin coraje, sin gestión y sin decencia.

Cada vez que habla, Alberto Fernández no hace otra cosa que recordarle a los argentinos por qué su paso por la Casa Rosada fue un episodio vergonzoso de la democracia. Su regreso a la escena pública no tiene valor político ni intelectual: solo confirma que el personaje sigue creyendo que el problema no fue él, sino los que lo miraron.

Y en eso, como en todo lo demás, también se equivoca.

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