El fútbol argentino era una de las últimas cosas que no necesitaban traducción.
No pedía permiso. No necesitaba relato. No se explicaba en cadenas nacionales ni en comunicados. Se sentía. Se gritaba. Se lloraba. Se heredaba.
Hasta que el poder lo tocó.
Y como todo lo que toca el poder en la Argentina, lo ensució.
No fue un error ni un exceso. Fue un método. Un proceso lento y deliberado. La AFA dejó de ser una asociación deportiva para convertirse en una estructura política, corrupta y delictiva administrada con las mismas lógicas que destruyeron al país: eternización, opacidad, aprietes, favores cruzados, obediencia como requisito de supervivencia.
Y, por sobre todo, AFAno. Mucho AFAno.
Los nombres no son secundarios: Tapia, Toviggino, Massa.
No como personas aisladas, sino como símbolos de una forma de ejercer poder. El fútbol dejó de organizarse para competir y pasó a administrarse para obedecer. Ya no importa jugar mejor, sino estar mejor alineado. No con la táctica, sino con el sistema.
Torneos inflados hasta el absurdo, calendarios diseñados en escritorios, arbitrajes que explican más que los partidos, dirigentes blindados por la impunidad y un mensaje tácito pero clarísimo para todos los clubes: el mérito es opcional, la sumisión no.
Sergio Massa entendió algo esencial del ADN argentino: el fútbol no se gobierna, se utiliza. Se usa para distraer cuando todo se cae, para negociar cuando faltan votos, para disciplinar cuando alguien se sale del libreto y para fabricar épica artificial mientras el país real se hunde. Tapia y Toviggino hicieron el resto: convertir la AFA en un feudo cerrado, impermeable a la crítica, sostenido por silencios comprados y miedos bien administrados.
El daño no es solo institucional. Es moral.
Porque cuando el hincha empieza a dudar, cuando el gol se discute más en una oficina que en la cancha, cuando la tabla parece diseñada y no disputada, algo profundo se rompe. El fútbol deja de ser refugio y pasa a ser otra sucursal del cinismo argentino.
Y en la Argentina el fútbol no es un negocio más.
Es infancia. Es barrio. Es domingo. Es radio prendida. Es abrazo con desconocidos. Es memoria emocional colectiva. Es lo único que todavía nos igualaba sin pedirnos documento ni ideología.
Por eso lo que hicieron no es una picardía dirigencial ni un “así funciona el sistema”.
Es una profanación.
Porque cuando el poder se mete en el fútbol no busca goles ni campeonatos: busca obediencia. Busca domesticar la pasión, convertir al hincha en espectador manso y al club en unidad básica. Tapia, Toviggino y Massa no solo administraron mal: usaron lo que no era suyo. Agarraron algo sagrado y lo manosearon con las mismas manos con las que arruinaron la política, la moneda y la palabra. Usaron el fútbol en beneficio propio. En beneficio de sus billeteras.
Mancharon la pelota porque nunca entendieron el juego.
Y se robaron el fútbol porque creyeron, como siempre, que en la Argentina nada tiene dueño, ni siquiera lo más amado.
Pero hay algo que el poder siempre subestima:
los gobiernos pasan, los operadores se esconden, los dirigentes caen.
El hincha no olvida quién le robó la alegría.
Y cuando le robás la pasión a un pueblo, tarde o temprano el pueblo pasa factura.
Esa deuda no prescribe.
Y no la tapa ningún campeonato armado.

