River y Boca no están en crisis por una derrota, por un mal mercado de pases o por un ciclo que se desgasta. Están atrapados en algo más profundo: una lógica de militancia que convirtió a los ídolos en figuras intocables y al debate en traición.
En River, la figura de Gallardo alcanzó una dimensión histórica indiscutible. Nadie puede borrar lo que ganó, cómo jugó su equipo ni la identidad que reconstruyó. Pero una cosa es reconocer grandeza y otra muy distinta es conceder inmunidad permanente. Cuando cada decisión se defiende por reflejo y cada crítica se interpreta como un ataque, el club empieza a perder algo esencial: la capacidad de evaluarse.
En Boca, el fenómeno tiene un componente aún más político. Riquelme dejó de ser solo un símbolo futbolístico para convertirse en un líder cuya gestión es defendida con la lógica de una campaña electoral permanente. Si los resultados no acompañan, la culpa es externa. Si las decisiones generan dudas, el que pregunta es “funcional a la oposición”.
Eso no es pasión. Es militancia.
Y la militancia ciega tiene una característica peligrosa: no analiza, no matiza, no exige. Justifica. Siempre.
Cuando el hincha se transforma en soldado, el club deja de ser una institución y pasa a ser una causa. Y las causas, cuando se blindan frente a cualquier cuestionamiento, terminan degradándose.
River sobrevivió a presidentes, entrenadores y un descenso.
Boca sobrevivió a crisis institucionales, internas feroces y transiciones traumáticas.
Lo que ninguna institución grande sobrevive es a la ausencia de autocrítica.
El fútbol argentino ya conoce demasiado bien la lógica del líder infalible y del relato que reemplaza a la realidad. Esa cultura le hizo daño al país. Trasladarla a los clubes es repetir el mismo error en otro escenario.
Defender a Gallardo o a Riquelme no está mal. Lo que está mal es defenderlos incluso cuando se equivocan, cuando sus decisiones dañan al club. Lo que es peligroso es creer que señalar errores debilita a la institución, cuando en verdad la fortalece.
Las instituciones grandes se sostienen con exigencia, no con idolatría.
Con debate, no con obediencia.
Con socios críticos, no con militantes disciplinados.
River no es Gallardo.
Boca no es Riquelme.
Los ídolos pasan.
Las instituciones quedan.
Siempre que alguien las defienda por encima de los nombres.

